The Smell of Victory: Azufre, cedar and the secret liturgy of the war in Mesopotamia

El adivino desliza sus manos sobre la superficie del hígado de un cordero recién sacrificado. En el interior de sus oídos, las hojas de tamarisco y las astillas de cedro actúan como aislamiento acústico para bloquear el clamor del campamento militar. Envuelto en los vapores del azufre empleado para su purificación, el especialista avanza en su examen anatómico en dirección antihoraria, moviéndose del hígado y los pulmones hacia el colon y el corazón. En esta atmósfera, donde el olor de la sangre se mezcla con las sustancias botánicas, la actividad bélica mesopotámica se devela ante nosotros no como un mero conflicto político, sino como un proceso estrictamente mediado por prescripciones religiosas.

En el contexto del Creciente Fértil, la guerra se articulaba a través de una ideología religiosa que legitimaba la violencia como la ejecución de la voluntad divina. Las inscripciones reales declaran de forma sistemática que las deidades eran los verdaderos directores de las campañas, seleccionando al soberano y reclamando los beneficios del botín para la renovación o edificación de sus templos. La deidad nacional asiria, Aššur, comandaba el ejército mediante su estandarte físico en campaña, y los relieves palaciegos plasman una estrecha correspondencia formal entre el dios y el rey: ambos se representan con el arco tensado durante el combate y con el arco en reposo al regresar. Una inscripción de Asurnasirpal II en Nimrud comienza precisamente indicando que Aššur lo llamó por su nombre e hizo suprema su soberanía. Cuando el monarca marchaba, emulaba al dios guerrero Ninurta, cuyas victorias míticas sobre los poderes del caos proveían el modelo para el triunfo real. En consecuencia, la rebelión contra el soberano asirio equivalía a una ofensa directa contra Aššur, asentando un marco donde la violencia ejercida en combate resultaba incuestionable.

Las armas como objetos sagrados

Los mesopotámicos consideraban que las armas de guerra tenían una dimensión sagrada: recibían nombres propios y funcionaban como expresiones visibles de la voluntad divina. El arco, llamado qaštu en acadio, era especialmente significativo en el mundo neoasirio. La forma en que el rey lo portaba —tenso, listo para disparar, o en reposo— comunicaba a quienes lo observaban el estado ritual en que se encontraba el monarca en ese momento.

El mito de la creación babilónico, el Enūma Eliš, ofrece una imagen memorable de esto: tras derrotar al monstruo primordial Tiamat, el dios Marduk presenta su arco ante la asamblea de los dioses, y el dios Anu le asigna tres nombres rituales fijando el arco en el cielo como constelación. Algunos especialistas han propuesto que esta “Estrella Arco” corresponde a lo que hoy llamamos Canis Major, aunque la identificación sigue siendo debatida.

En la tradición sumeria, la maza de guerra del dios Ninurta llevaba el nombre Šarur —”destructor de miles”— y los textos literarios la describen con capacidad para volar y hablar. El poema Lugal-e y el mito de Anzu contienen estas imágenes. Conviene precisar que se trata de atributos propios del registro mítico y literario: en la guerra real, las armas recibían bendiciones rituales, pero los textos históricos conocidos no les atribuyen poderes autónomos.

La dimensión ceremonial de las armas se confirma en ejemplos concretos: Gudea de Lagash colocó el arma ru como signo protector sobre su ciudad, y la espada-hoz de bronce de Adad-nirari I lleva inscripciones reales que sugieren más a una función ritual antes que combativa.

Consultar a los dioses antes de marchar

Ninguna campaña comenzaba sin la sanción divina. El sistema de consulta era múltiple y abarcaba distintas formas de adivinación: los sueños oraculares, la observación de fenómenos astronómicos registrada por escribas especializados, y la bārûtu, un compendio de cerca de cien tablillas cuneiformes con instrucciones para leer las vísceras de animales sacrificados.

Junto a la adivinación, existían rituales de protección activa destinados a neutralizar la magia enemiga. Uno de ellos, documentado en el fragmento conocido como Ki 1904-10-9, 18 (BM 98989) —estudiado por el especialista Daniel Schwemer— describe el sacrificio de un cerdo blanco: su sangre se derramaba hacia los cuatro puntos cardinales mientras se pronunciaban fórmulas para enviar el mal hacia el territorio adversario.

Durante el combate, los dioses acompañaban al ejército materializados en sus estandartes, y sacerdotes realizaban ofrendas ante altares portátiles en el campamento. Las escenas talladas en los relieves del palacio de Khorsabad atestiguan esta práctica.

Lo que ocurría después de la victoria

El campo de batalla, tras la victoria, era también un escenario ritual. Los soldados asirios cortaban las cabezas de los enemigos caídos y las llevaban a la capital. Un relieve del palacio de Asurnasirpal II en Nimrud, hoy en el Museo Británico, muestra de forma explícita a soldados apilando cabezas mientras músicos tocan instrumentos de cuerda. Los prisioneros, por su parte, eran conducidos ante el rey en desfiles mostrados en la iconografía palacial, en ocasiones atados con una cuerda pasada por un anillo en sus labios.

El regreso a la capital era el momento de mayor visibilidad pública: el ejército desfilaba con el botín y los cautivos ante distintos públicos. Al llegar al templo de Aššur, el rey ejecutaba la fórmula qāt ilim ṣabātu —”tomar la mano de la estatua divina”—, reafirmando su posición como servidor del dios. Los relieves palaciegos que ornamentaban los muros del palacio cumplían una función religiosa: representaban la obligación del monarca de extender las tierras de Aššur.

Los aromas de la guerra:

Las sustancias vegetales eran indispensables para establecer la comunicación con los dioses y purificar los espacios asociados a la guerra. El dios solar Šamaš, divinidad de la justicia y la adivinación, estaba directamente vinculado al incienso de cedro; los textos registran que sin él los grandes dioses son incapaces de percibir el incienso ofrecido.

Las fuentes documentan usos precisos para cada planta:

Cedro (erīnu) y tamarisco (bīnu): se colocaban en los oídos del adivino antes del ritual de extispicia —lectura de vísceras— para garantizar las condiciones rituales requeridas.

Enebro (burāšu) and cypress (šurmēnu): se quemaban en las ofrendas sacrificiales y en las fumigaciones de los templos.

Azufre (kibrītu): se usaba para fumigar al adivino y asegurar su pureza ritual antes de la consulta.

El ritual conocido como Mīs pî —”lavado de la boca”— tenía como función principal la consagración de estatuas divinas, pero su lógica purificadora se extendía a toda persona o espacio que hubiera entrado en contacto con lo sagrado. Su mezcla incluía agua sagrada, tamarisco, caña aromática, brote de palmera, álcali, cedro, ciprés, enebro y kukru. En los preparativos militares, esta combinación podía aplicarse al monarca tanto antes de partir como al regresar del combate. La existencia del jardín de juníperos de Babilonia, espacio dedicado al cultivo de estas plantas sagradas, refleja la importancia institucional de mantenerlas disponibles (la delimitación botánica exacta de ese jardín, sin embargo, sigue bajo discusión entre los especialistas).

El banquete de la victoria

El éxito militar se integraba en la vida económica de los templos a través del botín, que se destinaba a las ofrendas alimentarias cotidianas presentadas ante las estatuas divinas en dos comidas principales. Las “sobras” de estas ofrendas —llamadas naptanu— se redistribuían entre el rey y los funcionarios del templo como señal de favor divino.

El ejemplo más detallado de una celebración masiva vinculada a la victoria es la Banquet Stele de Asurnasirpal II en Kalhu (Nimrud), fechada hacia el 879 a.C. Aunque la inscripción conmemorativa no emplea el término técnico tākultu, los especialistas encuadran este banquete dentro de la tradición de celebraciones rituales ligadas a la legitimación del poder imperial y al triunfo del soberano.

El texto enumera con precisión 69.574 invitados: dignatarios de Tiro, Sidón, Hatti y otros territorios del imperio que durante diez días recibieron comida y bebida por orden del rey. Entre los alimentos se consignan bueyes engordados, corderos, ciervos, gacelas, aves acuáticas, pescado y miles de huevos, además de productos aromatizados con hierbas. Entre las bebidas, la estela lista diez mil odres de vino —artículo de lujo procedente de las zonas montañosas— y diez mil jarras de cerveza de cebada, el šikaru. Esta cerveza se elaboraba a partir de cebada fermentada con hogazas de pan de malta o galletas llamadas bappiru, y se bebía en vasijas grandes mediante pajitas largas para evitar los restos de cáscaras. Al concluir el festín, los invitados fueron bañados y ungidos con aceite, un gesto que expresaba la hospitalidad real y la abundancia garantizada por Aššur.

Las palabras que sostenían la guerra

El tejido ideológico de todas estas prácticas se apoyaba en un corpus literario conservado y copiado en las bibliotecas de los reyes asirios. Dentro del género de oraciones de petición conocido como šuilla —”oración del levantamiento de la mano”—, las tablillas del siglo VII a.C. invocan a la diosa Ištar en su carácter guerrero, llamándola “árbitro de la batalla” y “gobernante de armas” antes de solicitar protección para el monarca.

Este carácter bélico de Ištar tiene raíces muy antiguas. Las composiciones sumerias atribuidas a la sacerdotisa Enheduanna (ca. 2300 a.C.), como Inanna y Ebih (Inninmehusa), describen a la diosa guerrera portando el arma sagrada ankar y lanzándose a las grandes batallas. Su obra La Exaltación de Inanna (Ninmesarra) estableció un modelo de plegaria en el que la victoria política del reino dependía directamente de la intervención de la diosa. La continuidad de estos textos en los archivos asirios del primer milenio a.C. demuestra que su relevancia ritual se mantuvo viva durante siglos.

A través de este entramado donde las oraciones, el incienso de los adivinos y las inscripciones monumentales formaban un sistema coherente, Mesopotamia consolidó una visión en la que la efectividad de la espada estaba indisolublemente ligada al cumplimiento estricto de la liturgia sagrada.

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  2. British Museum. “Wall Panel Relief: Return of the Assyrian Army in Triumph.” Gypsum relief, Neo-Assyrian period, 865–860 BCE. Object no. 1849-1222-14.
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  5. Langdon, Stephen, ed. Babylonian Penitential Psalms. Oxford: Oxford University Press, 1927.
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  7. Melville, Sarah C. “The Role of Rituals in Warfare during the Neo-Assyrian Period.” Religion Compass 10, no. 9 (September 2016): 219–229.
  8. Mirela Maneea, N. “The Babylonian Akītu Festival and the Ritual Humiliation of the King.” Ancient Near East Today 10, no. 9 (September 2022).
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  10. Reade, Julian. “Religious Ritual in Assyrian Sculpture.” In Ritual and Politics in Ancient Mesopotamia, edited by Barbara Nevling Porter, 27–89. New Haven: American Oriental Society, 2005.
  11. Schwemer, Daniel. “Witchcraft and War: The Ritual Fragment Ki 1904-10-9, 18 (BM 98989).” Iraq 69 (2007): 29–42.
  12. Ulanowski, Krzysztof. “Neo-Assyrian and Greek Divination in War.” In Ancient Warfare, vol. 3, edited by Krzysztof Ulanowski, 118. Leiden: Brill, 2021.

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Sangre
Chemical sign: es un perfil complejo donde predominan compuestos de origen lipídico, siendo los más característicos el trans-4,5-epoxi-(E)-2-decenal (también conocido como E2D) y la 1-octen-3-ona. El E2D, un aldehído que se forma por la oxidación de las grasas de la sangre al exponerse al aire, es el principal responsable de su olor metálico y distintivo. Este compuesto es tan característico que resulta sumamente atractivo para los carnívoros. Por su parte, la 1-octen-3-ona presenta un aroma metálico y a hongos, y su umbral de detección es extremadamente bajo.

Viseras
Chemical sign: las vísceras animales (corazón, hígado, pulmón, rumen e intestino) es aún más complejo y variable, ya que cada órgano presenta un perfil químico distintivo definido por una mezcla específica de compuestos volátiles. Por ejemplo, en el corazón bovino, los compuestos responsables de su olor característico son principalmente aldehídos como el E,E-2,4-nonadienal, el hexanal y el (E)-2-octenal. En el hígado, destacan el 1-nonanol, el hexanoato de etilo y la 2-octanona, mientras que en el rumen se encuentran el heptaldehído, el octanal y el p-cresol. En el intestino, el 1-octen-3-ol y el E-2-nonenal son los principales contribuyentes a su olor. En todos los casos, el perfil aromático de las vísceras es el resultado de una compleja interacción de aldehídos, cetonas y alcoholes, muchos de ellos generados por la oxidación de lípidos y, en estados de descomposición, por la acción bacteriana que produce aminas como la cadaverina y la putrescina.

Sugar
Chemical sign: Sulphur dioxide (SO) - Acre smell, spicy, with a burning match. Hydrogen sulphide (H-S) - smell of rotten egg (if there are traces of moisture or reduction). Carbon disulphide (CS) - to a lesser extent, the smell of pure hot sulphur. Tyols (methanothiol, ethanothiol) - generated by heat impurities. Mineral sulphur cold It has very little smell; its olfactory signal appears strong by combustion or friction.

Beer (šikaru)
Chemical sign: Esteres (isoamyl acetate - banana smell), hops (myrcenum, humulene), sulfurated compounds (dimethylsulphide) and aldehydes.
Wine
Chemical sign: Ethanol, esters (ethyl ethanoate, ethyl octanoate), upper alcohols (isoamilol), acids (tartaric, malic), tannins.

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