A la orilla del Éufrates, un sacerdote vestido de lino puro sumerge una estatua en una vasija de agua sagrada. Es un cuerpo de madera de tamarisco recubierto de láminas de oro, aún no posee alma. El rito se llama mīs pî: “lavado de la boca”. Durante dos días, once etapas rigurosas transformarán este objeto fabricado en el taller en un ser capaz de oler incienso, saborear pan y escuchar plegarias.
Los escribas de Asurbanipal, el gran rey bibliotecario de Nínive, dejaron registrada esta ceremonia en tablillas de arcilla. Los textos más completos datan de los siglos VIII a V antes de nuestra era. Pero el gesto fundamental —activar la boca de una imagen divina— aparece ya en inscripciones sumerias de la época de Gudea, hacia el año 2100 a.C.
Los mesopotámicos adoraban estatuas de culto llamadas ṣalmu. Cada una albergaba a una deidad: Marduk en Babilonia, Ishtar en Uruk, Shamash en Sippar. Pero existía un problema teológico: un artesano humano fabricaba la estatua con sus propias manos. ¿Cómo podía un objeto manufacturado convertirse en el cuerpo de un dios? La respuesta la proporciona el propio ritual. El sacerdote āšipu —un exorcista experto en pureza— recita una afirmación rotunda mientras la estatua espera en el taller: “Yo no lo hice; Ninagal, dios de los herreros, lo hizo.” El artesano se arrodilla. Con un cuchillo de madera de tamarisco, el sacerdote corta simbólicmente sus manos. A partir de ese instante, la estatua nace en el cielo por voluntad divina y solo aparece en la tierra. El gesto rompe todo vínculo con su creador humano. El ritual se desarrollaba en cuatro escenarios distintos: el taller, la orilla del río, un huerto sagrado y finalmente el templo. Cada espacio representa un nivel del cosmos.
Primer día: purificación en el taller
En el bīt mummi —la “casa del artesano”—, el sacerdote dispone dos vasijas con agua ritual. Un paño rojo se extiende ante la estatua y un paño blanco a su derecha. El primer lavado de boca emplea agua pura mezclada con siete clases de madera y resinas. Una vez purificada, la imagen inicia una procesión hacia el río. El sacerdote la toma de la mano, un honor reservado a los reyes en las ceremonias públicas. Durante el trayecto, la comitiva recita: “Mientras creciste, mientras creciste del bosque.”
La orilla del Apsû
El río representa el Apsû, el océano subterráneo de agua dulce que rodea la tierra y sirve de morada al dios Ea, señor de la sabiduría. Allí, el sacerdote prepara la palangana del lavado de la boca. La mezcla que contiene resulta sorprendente por su variedad. El agua sagrada recibe resina de cedro del Líbano —Cedrus libani, la madera más preciada del Antiguo Oriente—, aceite de ciprés, ramas de enebro, corteza de tamarisco, y una planta llamada sikillu, cuyo nombre sumerio significa “planta pura”. Los estudios recientes identifican esta sikillu con la cebolla albarrana marina (Urginea maritima), un bulbo de propiedades medicinales y mágicas muy valorado en todo el Mediterráneo.
Junto a estos vegetales, la palangana contiene minerales: azufre, sal, piedra imán, cornalina, lapislázuli. Y metales: plata, oro, estaño, hierro. El sacerdote introduce la estatua en esta mezcla caliente de aromas y colores. El agua arrastra el polvo y residuos de su construcción en el taller y, con él, la última huella de manufactura humana. El río recibe también un carnero desollado. El sacerdote abre su muslo, introduce en su interior un hacha, un clavo, una sierra y dos figurillas de tortuga en plata y oro. Luego arroja el paquete a la corriente. Las tortugas, animales del Apsû, llevan los instrumentos de los dioses artesanos de vuelta a su morada primordial.
La estatua se traslada luego a un huerto sagrado. En Babilonia, este lugar corresponde al jardín del Esagila, el gran templo de Marduk. Sobre una estera de caña y una tela de lino, la imagen se coloca mirando hacia el oriente, justo donde cada mañana aparece el sol. El sacerdote construye pequeñas cabañas de caña para alojar a las deidades protectoras. La caña —Phragmites australis— posee un significado cósmico profundo: sus raíces beben del Apsû subterráneo mientras sus tallos se elevan hacia el cielo. Conecta los tres niveles del universo. Allí, el āšipu repite tres veces la encantación: “El que viene, su boca está lavada.” Luego, la comitiva se dirige a la puerta del templo.
El santuario interior
La estatua entra finalmente al papaḫu, el nicho sagrado donde residirá para siempre. El sacerdote recita: “Mi rey, a tu corazón saciado.” Los dioses del panteón —Anu, Enlil, Ea, Sin, Shamash, Adad, Marduk, Gula e Ishtar— reciben ofrendas en nueve mesas orientadas al norte. Otras nueve mesas, mirando al sur, honran a los dioses patronos de los artesanos. Hasta Júpiter, Venus, la Luna, Saturno y las constelaciones reciben su propia mesa ritual.
El segundo día: la boca que come
Al amanecer del día siguiente, el sacerdote aplica sobre los labios y la nariz de la estatua una mezcla espesa de cuatro ingredientes:
- Jarabe de dátil (dišpu): el dulzor de la palmera, el árbol que da fruto sin necesidad de siembra anual.
- Ghee (himētu): mantequilla clarificada, grasa sagrada que nutre.
- Aceite de cedro: la esencia incorruptible de las montañas del Líbano.
- Aceite de ciprés: resina balsámica que conserva.
Este ungüento cumple una función precisa: otorgar a la estatua la capacidad de oler el incienso que los sacerdotes quemarán cada mañana, de comer los panes depositados en su altar y de beber las libaciones de vino y leche. Los textos lo declaran sin ambigüedad: “Concédele ceremoniosamente el destino para que su boca pueda comer, para que sus oídos puedan escuchar.” El mīs pî resulta, ante todo, un ritual olfativo. La teología mesopotámica considera que una estatua sin consagrar no puede percibir el olor del incienso. El aroma actúa como puente entre el mundo humano y el divino.
¿Cuándo y para quién?
El ritual exige un “día propicio”. Los sacerdotes bārû —adivinos especializados en examinar hígados de animales— determinan la fecha mediante augurios. Los días de luna llena y luna nueva ofrecían condiciones favorables. Los meses de Nisannu (marzo-abril) e Iyyar (abril-mayo), vinculados al festival de Año Nuevo, resultaban especialmente adecuados.
El mīs pî servía principalmente para las grandes estatuas de culto: Marduk en Babilonia, Ishtar en Nínive, Shamash en Sippar. Pero los textos documentan su uso también para objetos rituales secundarios: una antorcha ceremonial, un tambor cubierto con piel de toro, las joyas del carro real. Incluso la boca de un canal recibía este tratamiento cuando su corriente amenazaba con desbordarse. Cuando una estatua sufría daños —una guerra, un terremoto, el simple paso del tiempo—, los sacerdotes la sometían a una versión abreviada del ritual. La imagen moría simbólicamente y resucitaba mediante un nuevo lavado de boca.
El Salmo 135 de la Biblia hebrea describe a los ídolos con palabras que parecen responder directamente al mīs pî: “Tienen boca y no hablan; tienen ojos y no ven.” Un sacerdote mesopotámico habría objetado: la estatua sí ve, sí oye, sí come. Pero solo porque el mīs pî le transfirió esas capacidades desde el cielo. El problema —objeto humano vs. entidad divina— se resolvía mediante el rito, no mediante la negación de la imagen. Los egipcios practicaban un ritual similar llamado “Apertura de la boca” (wepet er), documentado desde el Imperio Antiguo. Allí, el sacerdote tocaba la boca de la estatua con un cincel ceremonial para activar sus sentidos. Las dos culturas, separadas por el desierto, llegaron a soluciones paralelas ante la misma paradoja teológica.
Hoy, ninguna estatua mesopotámica conserva su alma. Las imágenes de Marduk, Ishtar y Shamash yacen como fragmentos de metal y piedra en museos de Bagdad, Londres y París. El Éufrates ha cambiado su curso. Los sacerdotes āšipu dejaron de recitar las encantaciones hace más de dos milenios.


