El olfato, ese sentido que la tradición occidental colocó en el escalón más bajo de la jerarquía sensorial, se revela hoy como una herramienta biológica sofisticada que no solo nos mantiene vivos, sino que teje el entramado invisible de nuestra vida social, nuestra identidad y nuestra memoria.
Pero hay una distancia fundamental que debemos recorrer: la que separa lo que el olfato hace en nuestro organismo (sus funciones biológicas) de lo que nosotros hacemos con él (sus usos culturales “nodos”). La biología nos dota de un sistema de detección química extraordinariamente sensible; la cultura, por su parte, convierte esa capacidad en rituales, prejuicios, recuerdos compartidos y tecnologías del cuidado. Comprender esta distinciones es comprender algo esencial sobre nosotros mismos, ya lo diría el oráculo de Delfos “Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a todos los dioses”
Las Funciones Biológicas
Antes de preguntarnos por qué el incienso nos transporta a lo sagrado o por qué el olor de la madre calma al bebé, debemos entender el andamio sobre el que todo eso se construye. La investigación neurobiológica, particularmente los trabajos de Richard Stevenson (2010) y las revisiones de equipos como los de Boesveldt y de Graaf (2017), han identificado varias funciones biológicas fundamentales del olfato humano.
La primera es la función ingestiva. El olfato evalúa los alimentos antes de que entren en nuestra boca (vía ortonasal) y mientras los masticamos (vía retronasal), decidiendo si son adecuados o peligrosos. Cuando la leche huele agria, estamos presenciando un sistema de alerta biológico tan sutil como sofisticado: moléculas volátiles liberadas por bacterias activan receptores específicos que, en milésimas de segundo, generan una respuesta de rechazo que nos protege de una intoxicación.
La segunda es la evitación de peligros. Como documentaron Santos y colaboradores (2004), las personas con pérdida de olfato sufren accidentes domésticos con mucha mayor frecuencia. El humo, el gas, los productos químicos en descomposición: el olfato es un centinela silencioso que trabaja mientras nosotros pensamos en otras cosas, conectando directamente con circuitos motores de evitación que operan antes de que seamos conscientes del peligro.
La tercera es la comunicación social y reproducción. Desde el experimento pionero de Claus Wedekind (1995) sobre la preferencia por parejas con sistema inmune complementario, hasta los estudios de Jasper de Groot y su equipo (2015) sobre la transmisión química del miedo y la felicidad a través del sudor, sabemos que nuestros cuerpos emiten y reciben mensajes que nunca llegan a ser palabras. El sudor de alguien que tiene miedo, por ejemplo, activa nuestra amígdala y nos prepara para la amenaza sin que sepamos por qué.
La cuarta función es el apego y el vínculo. Ruth Feldman (2021) demostró que el olor materno, incluso en una camiseta usada, mejora la sincronía cerebral entre un bebé y un adulto desconocido. El olor del propio hijo, por su parte, activa circuitos de recompensa en el cerebro de los padres, como mostraron Schäfer y colegas (2024). Hay una química del cuidado que opera por debajo de toda decisión consciente.
La quinta es la evaluación hedónica: la capacidad de sentir placer o asco ante un olor. Lejos de ser una preferencia estética, esta evaluación constituye un sistema de orientación conductual que nos impulsa hacia lo nutritivo y nos aleja de lo patógeno. Investigaciones como las de Zhang y colaboradores (2017) han identificado las rutas cerebrales específicas, la proyección desde el área tegmental ventral al tubérculo olfatorio, que generan preferencia por ciertos aromas y asocian experiencias placenteras a olores determinados.
La sexta, quizás la más sorprendente, es la orientación espacial. La bióloga Lucia Jacobs (2012) propuso que el olfato evolucionó primordialmente para la navegación: predecir dónde están las cosas en el espacio. Estudios posteriores de Bao y su equipo (2019) confirmaron que el cerebro humano usa las mismas células “grid” para navegar por espacios físicos que para orientarse en mapas de olores. Oler es, en este sentido, una forma de cartografiar el mundo.
Estas seis funciones constituyen la base biológica. Pero las herramientas no determinan su uso.
La Construcción Cultural del Olor
Lo que ocurre cuando pasamos de la función al uso es un salto cualitativo. La biología nos proporciona la capacidad de detectar, evaluar y recordar olores; la cultura nos enseña qué oler, cómo interpretarlo y para qué utilizarlo. En artículos anteriores (Nodos) hemos explorado con detenimiento cada uno de estos usos, el olor como cohesión colectiva, como frontera social, como memoria viva, como puente hacia lo sagrado, como geografía íntima, como tecnología del yo, como refugio y cuidado, pero lo que importa ahora es comprender su lógica común, que es que todos estos usos culturales comparten un rasgo fundamental: toman una capacidad biológica —la detección química— y la convierten en un sistema de significados.
Volvamos a Nietzsche. Cuando escribió “mi genio está en mi nariz”, no hablaba solo de su capacidad olfativa literal, sino de su agudeza para percibir lo que otros no perciben: el olor de la decadencia, la hipocresía, la vida que se niega a sí misma. Su genio olfativo era, ante todo, una forma de conocimiento. Sabemos con los sabuesos entre otros mamíferos tienen una sensibilidad olfativa superior a la human, incluso se ha dicho que pueden “oler emociones” ¿y que tal si nosotros acompañados de las otras señales de los demás sentidos podemos detectar de alguna forma olfativamente esas emociones?
Las seis funciones biológicas del olfato, detectar alimentos, evitar peligros, comunicarnos socialmente, vincularnos afectivamente, evaluar hedónicamente, orientarnos en el espacio, son el andamio sobre el que construimos usos culturales extraordinariamente diversos. Hemos usado el olor para crear comunidad y para establecer jerarquías, para recordar quiénes somos y para conectar con lo divino, para habitar el territorio y para construir nuestra identidad más íntima, para consolarnos en la vulnerabilidad y para regular nuestro propio ser.
Cada vez que inhalamos, un incienso en una ceremonia, el perfume de un ser querido, el aroma de la calle que fue nuestra infancia, estamos recorriendo ese puente entre la biología y la cultura. Estamos, sin saberlo, siendo filosóficos con la nariz. Lo que somos es, en última instancia, como dirían Daniel H. Lende y Greg Downey un “cerebro enculturado” la prueba de que lo más biológico está siempre disponible para convertirse en lo más cultural, y de que lo más íntimo, un olor que nos conmueve sin saber por qué, tiene raíces en las adaptaciones y evolución de nuestra especie.

