Hassuna, Samarra, Halaf y Ubaid

Mesopotamia - Neolítico Ubaid

c. 6500–3800 a.C.

Imagina que llegas a Tepe Gawra (Ubaid) al amanecer, hace cinco mil seiscientos años. El asentamiento es pequeño —ciento cincuenta personas, quizás menos— pero hay algo en el aire que lo hace diferente a cualquier aldea que hayas conocido. Enebro. Pino. Una nota resinosa, cálida, ligeramente dulce, que viene de algún lugar entre las casas que rodean el templo central. Alguien ha estado trabajando toda la noche.

Entre el 6500 y el 3800 a.C., cuatro culturas arqueológicas se sucedieron y superpusieron en Mesopotamia. Sus nombres —Hassuna, Samarra, Halaf, Ubaid— no son los nombres que ellas mismas usaban: los pusieron los arqueólogos que excavaron los yacimientos. Detrás de esos nombres hay algo extraordinario: casi tres milenios de experimentación continua que pusieron los cimientos de la primera civilización urbana del mundo.

Hassuna (c. 6500–5800 a.C.) fue la primera tradición agrícola sedentaria del norte, anclada en el arco pluvial donde la lluvia bastaba para cultivar cereales. Sus aldeas tenían entre una y tres hectáreas: adobe, patios, silos, hornos. Gente que había decidido quedarse y había empezado a guardar cosas para el invierno.

Samarra (c. 5500–4800 a.C.) cruzó hacia la llanura semiárida y se encontró con un problema radical: la lluvia ya no alcanzaba. Su respuesta fue una de las innovaciones más importantes de la prehistoria humana: la irrigación artificial planificada. Los canales de Choga Mami y Tell es-Sawwan, fechados hacia el 5600–5400 a.C., son los más antiguos documentados en Mesopotamia. La humanidad dejó de esperar la lluvia del cielo y empezó a redirigir los ríos.

Halaf (c. 6100–5100 a.C.) produjo la cerámica más refinada técnica y estéticamente del Neolítico del Próximo Oriente: policroma, de pasta casi porcelánea, con motivos geométricos y figurativos de extraordinaria complejidad. Sus hornos de cámara separada alcanzaban mil grados centígrados con temperatura uniforme. Esa misma tecnología del fuego, ese dominio exacto de la combustión, es el hilo que conecta al alfarero Halaf con el sacerdote que, siglos más tarde, quemaría resinas en Eridu.

El Ubaid (c. 6500–3800 a.C.) extendió el modelo de irrigación a toda la llanura aluvial y creó algo que no había existido hasta entonces: el templo público monumental. En Eridu, la secuencia de dieciocho estructuras sagradas superpuestas —cada generación construyendo encima de la anterior durante más de dos milenios— es la evidencia más elocuente de que algo radicalmente nuevo estaba ocurriendo. El lugar era demasiado importante para abandonarlo. Se construía siempre encima.

Estas fueron culturas resilientes. Cuando el evento climático de 8.2 ka (c. 6200 a.C.) enfrió y aridificó el Próximo Oriente de forma abrupta, las comunidades de Tell Sabi Abyad pudieron colapsar, pero en cambio multiplicaron sus contenedores de almacenamiento cerámico para gestionar la incertidumbre de las cosechas. Donde escaseaba la madera —como en Surezha— optimizaron el estiércol seco como combustible. Estrés ambiental que, lejos de terminar con estas culturas, aceleró tendencias de innovación ya en marcha (Akkermans 2015). Lo que la arqueología encuentra aquí es resiliencia en forma de cerámica.

Akkermans, Peter M. M. G. 2015. ‘Cultural Transformation and the 8.2 ka Event in Upper Mesopotamia.’ En Climate and Ancient Societies. Museum Tusculanum Press. · Belgiorno, Maria Rosaria, y Perra, Marcello y Sanna, Pepe. 2020. ‘Ancient Distillation and Experimental Archaeology about the Prehistoric Apparatuses of Tepe Gawra.’ EXARC Journal. · Campbell, Stuart. 2000. ‘The Burnt House at Arpachiyah: A Reexamination.’ Bulletin of the American Schools of Oriental Research 318. · Connan, Jacques. 1999. ‘Use and Trade of Bitumen in Antiquity and Prehistory.’ Philosophical Transactions of the Royal Society of London, Series B 354. · Groat, Nicholas P. 2023. An Integrated Material and Experimental Analysis of Early Ubaid Tepe Gawra. PhD diss., University of Leeds. · Levey, Martin. 1950. ‘Chemistry and Chemical Technology in Ancient Mesopotamia.’ Osiris 12. · Pittman, Holly. 2016. ‘Temples as Sacred Houses: A Case Study from Tepe Gawra.’ Journal of Near Eastern Studies. · Rothman, Mitchell S. 2002. Tepe Gawra: The Evolution of a Small, Prehistoric Center in Northern Iraq. University of Pennsylvania Museum. · Soares da Costa et al. 2020. ‘Exploring the Aromatic Diversity of Incense Materials at Ancient Sites.’ Journal of Archaeological Science 121. · Verhoeven, Marc. 1999. ‘Death, Fire and Abandonment.’ Archaeological Dialogues 6(2). · Wright, Katherine I. 2024. En Continuing Bonds at Late Neolithic Tell Sabi Abyad. Sidestone Press.

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Eridu: el templo sensorial

El templo ubaidiano era muchas cosas al mismo tiempo. Espacio de culto. Granero comunal. Taller artesanal. Centro de redistribución de recursos. Las élites que lo administraban legitimaban su autoridad mediante algo más difícil de contabilizar que el oro o las armas: controlaban la atmósfera.

En los niveles del Ubaid tardío de Eridu (c. 4000–3800 a.C.), los arqueólogos recuperaron dos objetos que cambian la lectura de todo lo demás: un soporte de quemador de incienso y una cubierta cerámica de incensario —el ítem IM 55017 del Museo de Irak, de 29.5 × 28 cm— asociados directamente al espacio del santuario. El catálogo del museo indica explícitamente que ‘tales soportes se encuentran en los templos tardíos’. Su diseño es revelador: la cubierta restringe el flujo de oxígeno justo lo suficiente para mantener las brasas encendidas durante horas, prolongando la emisión de humo y aroma en el interior del santuario. No era un objeto para encender fuego: era un objeto para sostenerlo en el tiempo.

Las resinas y maderas que ardían en esos incensarios formaban un repertorio cuidadosamente seleccionado. El cedro del Líbano era el más preciado: su resina oleobalsámica viajaba semanas desde las montañas del norte, y los textos acadios posteriores registran ese vínculo cuando el término lubbunu —incienso— se relaciona etimológicamente con el topónimo Líbano. El enebro aportaba notas resinosas y balsámicas. El mirto, frescor herbal. La resina de pistacho —el mastix de Pistacia atlantica— sumaba calidez y especiado. El análisis arqueométrico de Soares da Costa et al. (2020) sobre quemadores mesopotámicos del tercer milenio confirma la presencia de estas mezclas; Eridu constituye la evidencia más antigua de ese sistema.

El efecto era calculado. El interior del templo debía oler diferente a cualquier otro lugar. La sacralidad del espacio tenía una dimensión olfativa tan constitutiva como la arquitectónica: sin ese aroma específico —resinas importadas de montañas lejanas, combustión lenta y controlada— el rito perdía una de sus capas de significado.

El ítem IM 55017 del Museo de Irak es uno de los ejemplares mejor documentados de estas cubiertas cerámicas de combustión lenta. Su asociación directa con el espacio del santuario ubaidiano de Eridu la convierte en la evidencia material más antigua de fumigación ritual institucionalizada en Mesopotamia. (aparentemente la pieza esta perdida y sólo documentada El museo sufrió el saqueo durante la Saqueo del Museo de Irak de 2003)

El betún: el aroma de la clausura

Hay un olor en la Mesopotamia prehistórica que los libros de arqueología rara vez mencionan. Penetrante, terroso, con notas sulfurosas que se intensifican al calor. El betún natural —asphaltum— emergía en afloramientos del norte de Iraq y el Zagros, y las comunidades del período lo conocían desde al menos el séptimo milenio a.C. (Connan 1999). Lo usaban para impermeabilizar cestos y tinajas. Para sellar silos. Para fijar mangos de obsidiana. Para reparar cerámicas que luego depositaban como ofrendas. Y, sobre todo, para cerrar a los muertos.

El betún caliente para sellar sarcófagos, jarras funerarias y recipientes osarios era parte constitutiva del ritual funerario del período. Su función técnica era clara: garantizar la integridad del contenedor, proteger los restos de la humedad y el tiempo. Pero su aplicación en caliente generaba un aroma denso, alquitranado, con vapor que se expandía en el espacio del cementerio durante el proceso de clausura. Ese olor se repetía cada vez que había un entierro. Cada vez que una familia sellaba a uno de los suyos.

Con el tiempo, ese olor específico —alquitrán, calor, humo negro— pudo convertirse en lo que la neurociencia hoy llamaría un ancla sensorial: el aroma que señala el duelo, la separación, el pasaje. La asociación entre betún y muerte, construida acto por acto, entierro por entierro, habría creado una memoria olfativa colectiva. Un código sensorial que la comunidad reconocía sin necesidad de palabras.

Más allá del cementerio, el betún impregnaba la vida cotidiana: el olor del mantenimiento de techos de palma, del sellado de silos al inicio del invierno, de cada reparación de herramienta. Era el aroma tecnológico omnipresente de estas aldeas —tan inevitable como el olor del adobe húmedo o el del grano tostado— pero con una dimensión adicional: el ritual de la muerte lo había cargado de significado.

Tepe Gawra: la aldea que fabricaba lo sagrado

Si Eridu fue el corazón espiritual del Ubaid, Tepe Gawra fue su laboratorio. En los niveles IX–XII del yacimiento (c. 4200–3500 a.C.), los arqueólogos encontraron algo que no tenía paralelo en ningún otro sitio calcolítico de la región: un conjunto de vasijas cerámicas de morfología inusual —jarras de canal con borde doble, coladores, embudos, recipientes en forma de campana— agrupadas en áreas específicas del asentamiento, en proximidad directa al templo tripartito central.

Martin Levey (1950) fue el primero en reconocer una de esas vasijas como la parte inferior de un aparato de destilación, conectándola con textos cuneiformes acadios y manuscritos árabes medievales sobre elaboración de perfumes. Siete décadas más tarde, Belgiorno et al. publicaron en el EXARC Journal (2020) los resultados de un programa de arqueología experimental: dos aparatos completos reconstruidos a partir de los registros de excavación de Speiser (1935) y Tobler (1950), fabricados con réplicas exactas de las vasijas originales. El resultado fue concluyente: el sistema funciona. Procesando plantas aromáticas locales, los aparatos producen agua perfumada y pequeñas cantidades de aceite esencial en pocas horas de operación.

Lo que hace especialmente significativo el hallazgo es su localización. Según el análisis de Belgiorno, las vasijas se encontraban dentro y fuera de las casas que rodeaban el templo tripartito, lo que lleva a proponer que los habitantes de esas casas eran artesanos perfumeros que producían fragancias para los peregrinos que acudían al culto. Levey ya había señalado esta conexión en 1955, vinculando las jarras con ‘rituales realizados en el templo tripartito de la pequeña aldea’. La investigación de Groat (2023, Universidad de Leeds) refuerza esta lectura: los aceites aromáticos de Tepe Gawra no eran productos exclusivamente de uso litúrgico, sino marcadores sociales cotidianos que impregnaban el espacio de la aldea.

Las especies botánicas procesadas en estos aparatos incluirían: enebro (Juniperus spp.), confirmado experimentalmente en las réplicas; pino y abeto (Pinaceae), cuya destilación produce fragancias frescas y terpenoides; pistacho (Pistacia atlantica), fuente del mastix resinoso y especiado; y cedro del Líbano, el aroma más prestigioso del Próximo Oriente antiguo, documentado en importaciones a la región.

Y además hay un detalle que los registros de excavación guardan con discreción: algunas de las vasijas de Tepe Gawra estaban decoradas con ramas de pino pintadas. Alguien consideró necesario marcar esos recipientes con la planta que procesaban. Eso es identidad de oficio.

El análisis económico de Rothman (2002) añade una dimensión que transforma la lectura del conjunto. Las figurillas, los sellos incisos y las joyas de oro y plata concentradas en las tumbas de Tepe Gawra no guardan proporción con los escasos recursos naturales del yacimiento. Esta pequeña comunidad de ciento cincuenta personas poseía riqueza que no podía haber generado por agricultura o ganadería. La respuesta más coherente, dado todo lo anterior, es que producían algo especial para intercambiar con otras poblaciones. La perfumería ritual como base de una economía local: una conclusión que la arqueología experimental hace hoy más plausible que nunca.

Ciento cincuenta personas. Una aldea sin recursos naturales. Y joyas de oro en sus tumbas. La respuesta estaba en el aire.

Las figurillas halladas en Tepe Gawra pertenecen a ese mismo universo. Los estratos XI–XVII del yacimiento —período de transición Halaf-Ubaid, c. 5500–4200 a.C.— produjeron figurillas femeninas antropomorfas y figuras zoomorfas de terracota que circulaban entre el espacio doméstico y el templario. Holly Pittman (2016) argumentó específicamente que la arquitectura del templo de Tepe Gawra reproducía y sacralizaba la estructura simbólica de la casa doméstica, y que los objetos rituales —incluidas las figurillas— circulaban entre ambos espacios. El templo no era un espacio separado de la vida cotidiana: era su microcosmos amplificado.

Las figurillas más características del período Ubaid presentan una morfología que se aparta deliberadamente del naturalismo humano: cabezas alargadas, ojos oblicuos en almendra, cuerpos con rasgos que los investigadores describen como reptilianos. Las hipótesis sobre su significado siguen abiertas —representaciones de deidades vinculadas al simbolismo acuático y de la sabiduría, figuras en proceso de transformación chamánica, emblemas de fertilidad y vida— pero hay un dato formal que el debate iconográfico tiende a pasar por alto: esos mismos rasgos —el rostro elongado, los ojos almendrados— ya aparecen en las figurillas de Tell es-Sawwan de la cultura Samarra (nivel I). La continuidad estética se extiende varios siglos. Es una manera persistente de representar lo sagrado.

Perra y Sanna, EXARC Journal (2020): doce vasijas de canal con borde doble, coladores, embudos y recipientes en forma de campana de los niveles IX–XII de Tepe Gawra constituyen dos aparatos completos de destilación funcional, verificados mediante arqueología experimental. Vasijas similares se identificaron en Tell Brak (nivel CH XIII) y Khirbat al-Fakhar Hamoukar, indicando una práctica regional extendida.

El cuerpo impregnado: ungüentos, identidad e inscripción

El aroma no quedaba encerrado en el templo ni en el cementerio. Viajaba con los cuerpos de quienes habitaban estas aldeas.

Los ungüentos corporales del período combinaban aceites vegetales —sésamo como vehículo principal, documentado extensamente en fuentes mesopotámicas posteriores, con lino y posiblemente olivo silvestre como alternativas— con resinas y extractos aromáticos: enebro, pistacho, mirto, cedro en los preparados de mayor presupuesto simbólico. Aplicados sobre la piel en el clima semiárido de la llanura, esos aceites cumplían una función práctica inmediata: hidratación, protección contra el sol y el viento. La investigación de Groat (2023) señala que los aceites de Tepe Gawra impregnaban el espacio doméstico y comunitario de la aldea, haciendo de la fragancia personal un marcador social cotidiano. Un cuerpo que olía a cedro o a pistacho era el cuerpo de alguien con acceso al templo, con acceso a las materias primas, con un lugar en el orden ritual de la comunidad.

Pero la identidad también se inscribía de formas más permanentes. En Arpachiyah, el análisis de Campbell de los cráneos procedentes de los períodos Halaf y Ubaid identificó múltiples casos de deformación craneal artificial: vendajes cefálicos aplicados en la infancia que moldeaban la forma del cráneo de manera irreversible. Lo que ves en un adulto con esa morfología es una decisión tomada sobre su cuerpo cuando era recién nacido —una decisión de otros, de su familia, de su comunidad. Una señal de pertenencia grupal impresa en el hueso, que viajaba con esa persona hasta la tumba.

La continuidad genética entre las poblaciones Halaf y Ubaid de Arpachiyah, confirmada por el mismo análisis, descarta una sustitución poblacional masiva entre las dos culturas. La deformación craneal atraviesa el cambio cultural: lo que cambia es la cerámica y la arquitectura, pero la práctica de inscribir pertenencia en el cráneo de los recién nacidos persiste. Eso dice algo sobre la continuidad de los vínculos sociales que esa práctica expresaba.

Las figurillas de alabastro traslúcido de Tell es-Sawwan —halladas en los enterramientos infantiles del nivel I, algunas con los rasgos elongados que anticipan el estilo ubaidiano— cierran este círculo: los muertos más pequeños, los que apenas habían comenzado a ser marcados por la comunidad, eran acompañados por figuras que reproducían el canon estético de lo sagrado. La belleza del material —alabastro importado, traslúcido, suave al tacto, ligeramente cálido— era parte del significado. Nadie enterraba a un niño con algo ordinario.

Estiércol fresco de ovino/caprino/bovino
Señal química: Escatol, indol, ácido isovalérico, sulfuro de hidrógeno.
Escenarios comunes: Corrales, establos.

Lana sucia (con lanolina y sudor)
Señal química: Ácido isovalérico, lanolina, escatol traza.
Escenarios comunes: Ovejas en el asentamiento.

Almizcle (secreción animal)
Señal química: Muscona, civetona, androstenona.
Escenarios comunes: Glándulas de animales (probablemente no documentado directamente en Ubaid, pero mencionado en la tabla como ejemplo genérico).

Betún / asfalto natural
Señal química: Naftaleno, fenantreno, hidrocarburos alifáticos, tiofenos.
Escenarios comunes: Sellado funerario, impermeabilización.
Tierra húmeda / barro mojado (geosmina)
Señal química: Geosmina, 2-metil-isoborneol.
Escenarios comunes: Lluvia sobre adobe, construcción con arcilla húmeda.

Retting del lino (fermentación anaeróbica de tallos)
Señal química: Geosmina, ácido butírico, ácido valérico, sulfuro de dimetilo, cadaverina.
Escenarios comunes: Enriamiento de lino en agua estancada.

Pan horneado (cereal tostado)
Señal química: 2-acetil-1-pirrolina, furaneol, metional, (E)-2-nonenal.
Escenarios comunes: Cocción en hornos comunales.

Cerveza fermentada (mosto y bebida alcohólica)
Señal química: Etanol, acetato de isoamilo, 4-vinilguayacol, ácido acético, diacetilo.
Escenarios comunes: Fermentación de cebada en festines.

Cuero curtido
Señal química: Taninos hidrolizables (ácido gálico), amoníaco, trimetilamina, ácido isovalérico.
Escenarios comunes: Talleres de curtido.

Lana procesada con orines fermentados (lavado alcalino)
Señal química: Amoníaco, trimetilamina, lanolina degradada.
Escenarios comunes: Lavado de lana previo al hilado.

Estiércol seco quemado (combustible)
Señal química: Fenol, guayacol, siringol, cresoles, indol, escatol.
Escenarios comunes: Hogares domésticos sin madera.

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