Cierra los ojos. Imagina una ciudad amurallada bajo un sol de justicia, en el sur de la actual Irak. Es Uruk, hacia el siglo III antes de nuestra era, en plena época seléucida. El calor caliza el barro de las calles, pero al acercarte al gran templo elevado, el aire cambia. Un aroma denso, dulce y amargo a la vez, te golpea las fosas nasales. Es el olor del poder divino. Es el olor de Anu, el dios del cielo.
Los arqueólogos y filólogos llevan décadas reconstruyendo los sabores, las texturas y, sobre todo, los olores de la vida ritual mesopotámica. Las tablillas de arcilla escritas en cuneiforme guardan listas de ingredientes, recetas de perfumes y registros de entregas de resinas. Allí aparece un vocabulario técnico fascinante: šim (aromático en sentido amplio), šim ḫi-a (mezcla de aromáticos), qutrīnu (incienso para quemar), i₃-du₁₀-ga (aceite fino, literalmente “aceite bueno” para ungir). Anu, a pesar de ser una deidad tan elevada que apenas pisaba la tierra en los mitos, recibía en su santuario un trato sensorial muy terrenal: humo, unción y perfume.
El Templo Blanco y el zigurat que olía a cedro
La casa principal de Anu en Uruk el gran complejo templario elevado conocido como Eanna, la “Casa del Cielo”, fue tradicionalmente el dominio de Inanna. Sin embargo, en la Uruk tardía, cuando el culto de Anu recobró protagonismo, este espacio monumental quedó estrechamente ligado a la veneración del dios del cielo. Desde las escalinatas del zigurat, los sacerdotes ascendían llevando consigo el aroma mismo de la morada celestial.
Las evidencias textuales del segundo y primer milenio antes de Cristo muestran un flujo constante de maderas aromáticas hacia los templos. El cedro (ēru), el ciprés (šurmin o burāšu) y probablemente el enebro aparecen una y otra vez en los inventarios. Las maderas tenían diferentes tipos de usos, eran materiales de construcción, pero también se trituraban virutas de estas maderas, se mezclaban con aceite de sésamo y se cocían lentamente para obtener ungüentos espesos y perfumados. También se quemaban directamente sobre brasas, llenando el sanctasanctórum de un humo resinoso, limpio y penetrante.
Las tablillas administrativas de ciudades como Larsa, contemporáneas del culto a Anu en los periodos paleobabilónico y casita, registran partidas de “madera de cedro triturada” destinada al qutrīnu, es decir, al incienso que se quemaba para los dioses. El nombre de la deidad varía según el templo, pero el principio es el mismo: la divinidad suprema merece el mejor de los aromas leñosos.
Resinas de Arabia: la mirra, el olíbano y la sangre de los árboles
El comercio a larga distancia llevó a Uruk productos aún más exóticos. De las costas de Omán y el sur de Arabia llegaban resinas de Boswellia (olíbano o incienso franco) y de Commiphora (mirra o bdelio). Eran sustancias preciosas, a veces llamadas ḫīlu o akal en los textos, que se pagaban a peso de plata. Los análisis arqueométricos realizados sobre quemadores de incienso hallados en Taymāʾ y otros enclaves de la ruta comercial demuestran que estas resinas ardían en contextos ceremoniales conectados con la cultura mesopotámica.
¿Para qué se usaban? La respuesta está en los rituales de fuego nocturno que Julia Krul ha estudiado en la Uruk seléucida (siglos III a I antes de Cristo). En esa época tardía, los sacerdotes promovieron un renacimiento del culto de Anu y su esposa Antu. Una de las ceremonias centrales transcurría de noche, alrededor de un fuego encendido en el patio del templo. Los textos no detallan siempre la lista de ingredientes, pero la lógica ritual es clara: el humo aromático purifica, protege y hace visible la presencia divina. Quemar mirra y olíbano era abrir una ventana olfativa hacia el cielo. El chisporroteo de las resinas al contacto con el fuego, ese olor a bálsamo caliente y a especias lejanas, convertía el patio de Eanna en una copia terrestre de la corte celestial.
También se documenta el uso de resinas de pistacia (Pistacia terebinthus o Pistacia lentiscus), un árbol común en el Levante. Su olor es más terroso y verde, pero igualmente sagrado. Los textos mencionan “resina de buṭnu” en mezclas para ungüentos, lo que sugiere que los perfumistas mesopotámicos sabían combinar distintos perfiles aromáticos. Si los describiéramos con el lenguaje de la perfumería moderna, podríamos hablar de notas más altas (cedro), medias (pistacia) y graves (mirra), trenzadas con una sofisticación casi contemporánea.
Aceites perfumados: la unción de la estatua divina
La estatua de Anu dentro de la cella era el propio dios, materializado en madera, metales preciosos y piedras. Cada día, los sacerdotes šangû la vestían, la adornaban y la ungían con aceites especiales. El procedimiento aparece descrito en tablillas de Larsa y de la propia Uruk: se tomaba aceite de sésamo como base, se añadían resinas trituradas y maderas aromáticas en polvo, y se calentaba la mezcla a fuego lento durante horas. El resultado era un aceite denso, de color ámbar oscuro, que perfumaba la estatua durante días.
Ese olor a incienso líquido debía impregnarse en las ropas de lino del dios, en las cortinas del templo y en los utensilios rituales. Cuando un devoto entraba en la cella —algo que solo ocurría en grandes festividades—, es muy probable que la primera impresión fuese olfativa. En la penumbra, con la luz de las lámparas de aceite titilando sobre los relieves, lo que envolvía al visitante sería una nube cálida de mirra, cedro y sésamo tostado. El aroma seguramente era la primera prueba de que Anu estaba allí.
El banquete divino y las procesiones
Cuatro veces al día, los sacerdotes colocaban mesas con alimentos y bebidas frente a la estatua de Anu. Estos banquetes divinos además de ser simbólicos, eran alimento para unos cuantos: después de un tiempo ritual, las ofrendas se redistribuían entre el personal del templo. Las tablillas de raciones muestran que junto al pan, la cerveza y la carne, también se encendían pequeños hornillos con incienso. El humo acompañaba la comida del dios igual que un mantel perfumado acompaña una cena importante.
En las procesiones, cuando la estatua de Anu salía del templo para visitar otros santuarios durante las fiestas, el cortejo desprendía una estela aromática. Los sacerdotes portaban incensarios portátiles, y los asistentes rociaban aceite perfumado sobre el suelo. Así, incluso los barrios humildes de Uruk olían por unas horas a las especias de Arabia y a la madera de los cedros del Líbano. El cielo tocaba la tierra a través del olfato.

