Çatalhöyük está ahí desde hace mas de nueve mil años. Trece hectáreas de adobe apilado en la llanura de Konya, en el centro de lo que hoy llamamos Turquía. En su momento de mayor densidad, entre ocho mil personas vivían sobre él. Sin calles. Sin templo. Sin rey. Las casas pegadas unas a otras como en celda, los techos funcionaban como plazas, sin cementerios, templos o construcciones monumentales, incluso los muertos fueron enterrados bajo el suelo de las habitaciones donde los vivos dormían, comían y daban a luz.
Para entender a Çatalhöyük hay que dejar nuestra modernidad, permitirnos la desorientación y también intentar dejar a un lado el romanticismo con el que vemos el pasado. Por que Çatalhöyük apestaba, pero antes de adentrarnos en esos aromas que para nuestra nariz serían insoportables vayamos a la estructura del sitio.
Las casas de Çatalhöyük no tienen entrada en el suelo. Para acceder hay que subir al techo y bajar por una escalera de madera a través de un agujero. No hay calles porque no las necesitan: el techo es la calle, la plaza, el espacio colectivo. Adentro, las habitaciones son pequeñas y sin ventanas. El hogar quema tortas de estiércol seco, el combustible disponible en la llanura, y ese humo específico, denso y bajo, impregna las paredes de yeso, la ropa y el cabello de quienes duermen ahí. Las capas de hollín negro sobre el yeso blanco registran los años como un archivo involuntario. El único aire fresco entra por el mismo agujero por donde bajan las personas y sube el humo.
¿Por qué vivir así, medio enterrados, sin luz natural, sin separación entre el humo y el sueño? Quizás porque los inviernos en la llanura de Konya llegan a menos 25 grados. Los muros compartidos retienen calor. Una casa adosada a cinco vecinos pierde mucho menos temperatura que una casa aislada. El techo como única entrada también funciona como barrera contra depredadores y contra el frío. Tal vez esa densidad extrema, vivir sin separación física entre casas significa vivir sin posibilidad de acumular en secreto, sin poder construir algo que los demás no vean. La arquitectura hacía casi imposible la opacidad. Y esa imposibilidad puede haber sido precisamente el mecanismo que mantuvo el igualitarismo durante siglos.
Cuando los ojos se adaptan a la penumbra, aparecen las pinturas. Grandes campos de rojo intenso, bandas geométricas que se repiten con la interpretación del artista, animales de proporciones imposibles: toros, ciervos, buitres, leopardos. Y emergiendo directamente del muro, enyesados y convertidos en relieve, los cráneos reales de bóvidos con los cuernos intactos. Se incorpora el animal a la arquitectura de la casa.
Estas pinturas se renuevan. Cuando algo importante ocurre, una muerte, un nacimiento, la pared se enluce de blanco y se vuelve a pintar. Debajo del yeso de hoy hay escenas que nadie vivo ha visto. Algunas casas acumulan docenas de capas. El arte no decora el espacio, registra su historia.
En una pared del nivel más profundo del sitio apareció algo distinto: una cuadrícula de rectángulos que alguien interpretó como las casas del propio asentamiento, y detrás, una forma bicúspide con puntos negros que podría ser el volcán Hasan Dağı en erupción, a ciento treinta kilómetros. Si la interpretación es correcta, es uno de los primeros mapas conocidos de la historia humana. Alguien miró su propio mundo desde afuera y lo dibujó. Y eligió pintarlo junto a aquello que podía destruirlo. Las pinturas cubren las paredes. Los muertos ocupan el suelo.
Los muertos se entierran bajo las plataformas donde los vivos duermen, dentro de la casa activa, con la familia viviendo encima. Con el tiempo se abre el suelo para añadir a otro, se reordenan los huesos del anterior, algunos cráneos se recuperan, se pintan de ocre rojo y se guardan. Hay casas con más de veinte individuos acumulados bajo el piso a lo largo de generaciones. La casa es el lugar donde todos los que vivieron siguen estando.
El olor que esto producía en los primeros días después de un entierro, en un espacio sin ventanas, con el único agujero en el techo, era parte de la vida doméstica. No había forma de separarlo. El humo del estiércol, la grasa hirviendo en el recipiente de barro, las pieles de animal colgadas en la pared norte, y debajo de todo eso, la tierra recién removida. Para quien nació ahí, ese olor era simplemente el olor de casa. El mismo aire que traía el humo del estiércol y la tierra removida también traía cereal tostado, grasa de oveja hirviendo en barro, almez fermentado. Olores que cualquier nariz reconocería como buenos, mezclados sin separación posible con los que hoy consideraríamos insoportables. No había forma de elegir unos y descartar los otros. Eran el mismo aire.
El asentamiento desde afuera
Desde el techo, Çatalhöyük huele distinto. Los middens, los basureros comunes ubicados entre casas y en edificios abandonados, acumulan carcasas en descomposición, heces, cenizas y huesos. Los perros rondan sus bordes. En algún edificio sin dueño, un rebaño de ovejas pasa la noche. El humo de miles de hogares encendidos simultáneamente forma una nube baja sobre el montículo. Cuando el viento cambia, todo eso llega de golpe.
Para el visitante moderno, insoportable. Para quien vivía ahí, invisible. El sistema olfativo humano habituado a un estímulo constante deja de registrarlo. Lo que para nuestra nariz sería una señal de alarma, para ellos era la señal de que todo seguía en su lugar. De que el mundo funcionaba.

