En el actual Irak, hace unos 2.600 años, la ciudad de Babilonia despertaba cada marzo‑abril con un olor distinto. Durante el mes de Nisannu, el humo del cedro y el enebro llenaba los templos, las calles, las barcazas del Éufrates y los jardines extramuros. Esa era la señal del Akitu, la celebración más importante del calendario mesopotámico: doce jornadas días en las que el orden divino se desarmaba y volvía a construirse pieza por pieza.
Hoy conocemos el Akitu gracias a tablillas de arcilla escritas en cuneiforme, muchas de ellas copiadas en los últimos siglos antes de nuestra era, cuando Babilonia ya había perdido su independencia política pero sus sacerdotes se aferraban a la tradición como un acto de identidad. Esta fiesta bien pudo ser un drama cósmico total. Y en ese drama, los aromas construían el puente invisible entre los hombres y sus dioses.
El dios que venció al mar primordial
Para entender el Akitu hay que conocer primero a su protagonista principal: Marduk. Patrón de Babilonia, Marduk era un dios de orígenes humildes —quizá una antigua deidad de tormentas— que ascendió al trono del panteón a la par que su ciudad se convertía en la capital de un imperio. Su templo, el Esagila, era el centro religioso del mundo conocido, un complejo de patios y santuarios donde se guardaban estatuas de oro macizo.
La teología que justificaba su poder se narraba en el poema Enuma Elish (“Cuando en lo alto…”), una epopeya de siete tablillas. Según este mito, al principio solo existían las aguas caóticas: la dulce Apsu y la salada Tiamat. Tras una guerra entre generaciones divinas, Marduk se enfrentó a la monstruosa Tiamat —un dragón oceánico madre de todos los dioses—, la atrapó en una red, la partió en dos y con sus mitades formó el cielo y la tierra. Luego, con la sangre del esposo de Tiamat, creó a la humanidad para que trabajara en lugar de los dioses.
Todo el festival Akitu era una recreación activa de esa victoria. Por eso, el cuarto día de la celebración, el sumo sacerdote recitaba el Enuma Elish completo ante la estatua de Marduk. La lectura personificaba, pretendía en cada palabra volver a tejer el orden cósmico y a ahuyentar al caos.
Doce días entre lamentos, humillación y perfume
El calendario del Akitu estaba pautado. Los primeros tres días tenían un tono sombrío: ayunos, lamentaciones y un miedo real a que el año nuevo no llegara a nacer. En el templo, solo el šešgallu (el sumo sacerdote) entraba al sanctasanctórum antes del alba y entonaba plegarias de súplica. No había todavía incienso ni ungüentos alegres; era un tiempo de vacío olfativo, de polvo y ausencia.
El día decisivo: la humillación del rey
El quinto día cambiaba la atmósfera. Era el momento del ritual más extremo. Antes del amanecer, el rey de Babilonia era conducido ante la estatua de Marduk. Allí, el sacerdote le arrebataba el cetro, el anillo, la maza y la corona. Después, lo golpeaba en la mejilla y lo obligaba a arrodillarse. El monarca debía entonces recitar una “confesión negativa”: “No he pecado, Señor de las Tierras. No destruí Babilonia. No humillé a sus ciudadanos…”. Solo después de escuchar la absolución del dios (a través del sacerdote), el rey recuperaba sus insignias. Y entonces recibía un segundo golpe. Si le brotaban lágrimas, era una buena señal: Marduk estaba contento. Si no, el año sería funesto.
Al mismo tiempo, fuera del templo, un exorcista degollaba una oveja. Su cuerpo era arrojado al Éufrates y su cabeza, llevada al desierto. Era el chivo expiatorio babilónico: el mal, el pecado y el caos eran físicamente expulsados de la comunidad.
Pero no todo era violencia ritual. La purificación del templo incluía fumigaciones con incienso de cedro (erēnu), enebro (šurmēnu) y ciprés (burāšu). Según las instrucciones del ritual Mīs Pî (“lavado de la boca”), las estatuas divinas eran ungidas con aceites aromáticos extraídos de estas coníferas, cuyas resinas llegaban desde las montañas del Líbano y el norte de Siria. El olor a madera sagrada impregnaba el Esagila y se mezclaba con la sangre de los sacrificios, seguramente era una fragancia poderosa y aterradora.
La gran procesión: cuando los dioses salen a la calle
El clímax público llegaba los días 8, 9 y 10. Las estatuas de todos los dioses del imperio —Nabu desde Borsippa, Nippur, Uruk, Cutha…— eran transportadas en barcazas por el Éufrates hasta Babilonia. El dios más esperado era Nabu, hijo de Marduk, patrón de la escritura y la sabiduría. Su estatua “tomaba la mano de Bel” (Marduk) y encabezaba la comitiva.
La Vía Procesional (Aibur‑šabû) era una calzada de más de un kilómetro flanqueada por muros de ladrillos esmaltados en azul cobalto, decorados con leones (símbolo de Ishtar), toros y dragones (mušḫuššu). Sobre ese pavimento de piedras rojas y amarillas avanzaba el cortejo: músicos con arpas y tambores, portadores de inciensarios portátiles (nignakku) y, al final, las andas con las imágenes divinas.
El aroma era parte del espectáculo. Los textos rituales ordenan quemar “cedro y enebro sobre el quemador” mientras las estatuas pasan. Además, se derramaban aceites perfumados sobre el suelo; el poeta babilónico describe cómo “se rocía fragante aceite de cedro en el camino”. La multitud, que normalmente no podía ver a los dioses encerrados en sus santuarios, los veía y olía ahora: una nube de humo resinoso que precedía a los dioses como un anuncio de su presencia sobrenatural.
La procesión terminaba fuera de las murallas, en un edificio especial llamado Bit Akitu (“casa del festival”). Rodeado de jardines cuidadosamente plantados, este santuario contenía un gran patio arbolado y una sala de banquetes. Allí se representaba simbólicamente la batalla de Marduk contra Tiamat —quizás con una “lucha cultual” de actores—, y luego se celebraba un banquete cósmico en el que participaban todos los dioses.
La noche del décimo día, Marduk regresaba al Esagila para unirse a su esposa Sarpanitu en el hieros gamos, el matrimonio sagrado. Los textos poéticos asociados a este rito son explícitos en cuanto a los preparativos aromáticos: “El pueblo limpia las cañas con fragante aceite de cedro / arreglan las cañas para el lecho. / Se quema resina de enebro, se realizan ritos de lavado, / y se amontona incienso de dulce fragancia”. Una vez más, las resinas de coníferas y las hierbas aromáticas (mirra, cálamo, cipero) convertían la alcoba divina en una explosión olfativa que garantizaba la fertilidad de la tierra para el año siguiente.
Al día siguiente, día 11, las deidades se reunían de nuevo en la “Cámara de los Destinos” dentro del Esagila. Allí, Nabu, el dios escriba, inscribía en la Tablilla de los Destinos los decretos para el año entrante. Los hados de los reyes, las cosechas, las crecidas del río y la salud de la población quedaban fijados para siempre. El orden había triunfado. El día 12, cada estatua regresaba procesionalmente a su ciudad de origen, y Babilonia volvía a la vida cotidiana… hasta el próximo Nisannu.
Un perfume llamado legitimidad
El Akitu era el mecanismo más eficaz de legitimación política del antiguo Oriente Próximo. Al someterse voluntariamente a la humillación y luego recibir de nuevo sus atributos, el rey demostraba que gobernaba con el consentimiento divino. Al “tomar la mano de Bel” en la procesión, se convertía en el guía del cosmos durante los siguientes doce meses.
Cuando un monarca faltaba a la fiesta, las crónicas lo anotaban con alarma. El rey Nabonido (556‑539 a.C.) estuvo ausente de Babilonia durante diez años, residiendo en el oasis de Tema. Las crónicas dicen: “El dios Bel no salió en procesión”. El resultado fue el descontento popular y, finalmente, la caída de su reinado ante Ciro el Grande.
Hoy, los restos de la Vía Procesional y los ladrillos de la Puerta de Ishtar pueden verse en el Museo de Pérgamo de Berlín. Pero faltan los olores. Para los babilonios, el humo del cedro, el enebro y la mirra pudo haber sido el acompañamiento del festival o quizá la respiración misma de los dioses. Cada primavera, durante doce días, esa respiración llenó templos y calles: aromas colectivos que hicieron tangible lo divino en el momento cumbre del Akitu.

