La cueva de Raqefet se abre en la ladera occidental del Monte Carmelo, a pocos kilómetros del mar Mediterráneo. Allí, hace 13.700 años, los natufienses prepararon el suelo para recibir a sus muertos. Excavaron la roca para formar una fosa. Extendieron una capa de barro húmedo sobre el fondo. Sobre ese barro, depositaron una cubierta uniforme de tallos floridos de salvia de Judea (Salvia judaica) y otras plantas de la familia de las mentas (Lamiaceae). El aroma alcanforado y herbal llenó la cámara mientras los dolientes colocaban el cuerpo, junto con ajuares de conchas perforadas y herramientas de piedra. Luego sellaron la tumba. Las flores quedaron prensadas en el sedimento endurecido. Sus impresiones permanecieron invisibles durante trece milenios, hasta que un equipo de arqueólogos liderado por Dani Nadel, de la Universidad de Haifa, las descubrió en 2013 y publicó el hallazgo en Proceedings of the National Academy of Sciences.
Este gesto —cubrir un cadáver con plantas aromáticas— constituye la evidencia más antigua y segura del uso deliberado de flores en un contexto funerario. Los natufienses, cazadores-recolectores del Paleolítico final, seleccionaron especies con propiedades específicas. Las Lamiaceae producen aceites esenciales ricos en compuestos como el alcanfor, el mentol y el timol. Estudios farmacológicos modernos confirman que estas sustancias inhiben el crecimiento de bacterias como Staphylococcus aureus y Escherichia coli, y repelen insectos necrófagos. En un entierro, ese aroma cumplía una función práctica inmediata: enmascarar los olores de la descomposición y retardar la proliferación microbiana en un cuerpo que podía permanecer expuesto durante días. Pero el aroma también cumplía otra función, menos tangible y quizás más profunda: transformaba un proceso biológico en un acto de significado.
La disposición de las tumbas de Raqefet revela planificación. Los natufienses excavaron las fosas en la roca, las alinearon con cuidado y las reutilizaron durante generaciones. En el suelo de la cueva se documentaron casi ochenta hoyos artificiales (morteros y cupmarks) de diversas formas y dimensiones. Los arqueólogos interpretan este conjunto como un cementerio comunitario, uno de los más antiguos documentados. La preparación de los lechos florales requirió la recolección de plantas en flor en el momento exacto del entierro. Esto implica un conocimiento estacional del entorno y una coordinación social: no todos los días del año se podía enterrar a un muerto con flores frescas.
Raqefet no es un caso aislado. En la Grotte des Pigeons de Taforalt (Marruecos), un cementerio iberomaurisiense con más de treinta esqueletos datados entre 15.100 y 14.000 años antes del presente, los arqueólogos recuperaron veintitrés brácteas carbonizadas de Ephedra sp. junto a un esqueleto adulto. Las dataciones por radiocarbono confirmaron la contemporaneidad entre las semillas y los restos óseos. Ephedra contiene alcaloides como la efedrina y la pseudoefedrina, compuestos estimulantes del sistema nervioso central, broncodilatadores y vasoconstrictores. En la medicina tradicional de diversas culturas —desde la china hasta la nativa americana— la efedra se ha utilizado para tratar afecciones respiratorias, como estimulante y en rituales chamánicos. Los investigadores propusieron dos hipótesis: que la efedra se consumió durante el ritual para inducir un estado de conciencia alterada, o que sus ramas se colocaron junto al cuerpo por sus propiedades aromáticas y conservantes. Ambas hipótesis apuntan a un conocimiento botánico detallado.
Más al sur, en el complejo de Al Khiday (Sudán central), los estratos neolíticos datados entre 5000 y 3500 a.C. han proporcionado tubérculos de Cyperus rotundus (junquillo morado) asociados a enterramientos. Esta planta contiene aceites esenciales complejos con compuestos como la ciprotundona y la α-ciperona, de reconocida actividad antimicrobiana, antiinflamatoria y antioxidante. Su aroma es terroso, alcanforado y persistente. El valor nutricional de Cyperus rotundus es limitado, y su sabor amargo lo hace poco apetecible. Los investigadores concluyeron que su presencia en tumbas responde a sus propiedades aromáticas y medicinales, ya sea para ungir el cuerpo, aromatizar la fosa o como ofrenda con un significado simbólico vinculado a la protección del difunto.
En Nahal Hemar (desierto de Judea, Israel), un depósito ritual del Neolítico Precerámico B (ca. 8200-7100 a.C.), los arqueólogos hallaron cráneos humanos decorados con cuerdas de asfalto y cestas ceremoniales recubiertas de una sustancia negra. El análisis por cromatografía de gases y espectrometría de masas (GC-MS), publicado en Scientific Reports en 2016, identificó una mezcla de colágeno animal y resina de Styrax officinalis (estoraque). La resina de estoraque produce un perfume cálido, balsámico, comparable al incienso o la vainilla. Este hallazgo constituye el registro más antiguo conocido del uso de una resina vegetal fragante aplicada sobre restos humanos y objetos rituales. Los cráneos decorados —probablemente cráneos de antepasados venerados— recibieron primero un recubrimiento de asfalto y luego la resina aromática. El gesto de perfumar los restos de los muertos transforma el cráneo en un objeto sagrado, dotado de un olor especial que lo distingue de lo profano. La resina de estoraque tiene propiedades antisépticas, pero también produce una experiencia sensorial intensa y duradera. Su aroma se fija en los materiales porosos y puede percibirse durante años. Para una comunidad neolítica que regresaba periódicamente a la cueva, ese olor persistente actuaba como un marcador mnémico: al entrar en la cámara, el aroma del estoraque anunciaba el cruce hacia un espacio habitado por los antepasados.

