La identidad no es sólo la historia que nos contamos; es una atmósfera que exhalamos y que inhalamos de los demás. Incluso antes de que los discursos, sobre la raza, la clase o el género se articulen como ideología, se instalan como un paisaje olfativo internalizado, una frontera invisible trazada por lo que consideramos fragante o fétido. Este discurso se conecta con nuestra percepción. El olor opera de forma invisible y visceral como sistema de clasificación social, construyendo identidades colectivas y justificando jerarquías a través de una supuesta evidencia sensorial inmediata e incontestable.
Caso Europa, siglos XVIII-XIX: El historiador Alain Corbin documentó el momento en que la burguesía europea, en su ascenso, declaró una guerra sensorial contra el mundo que la precedía. Lo que llamó la “revolución olfativa” no fue un cambio de gustos, sino un proyecto político de distinción. El hedor, antes omnipresente y relativamente tolerable, se redefinió como signo de atraso, enfermedad moral e inferioridad social, asociado visceralmente a las masas populares, los espacios rurales y el Antiguo Régimen (el Medievo). La higiene personal dejó de ser un asunto médico para convertirse en una virtud cívica y un marcador de clase. El jabón, el agua y más tarde el perfume (usado con prudencia) se transformaron en las herramientas para fabricar un cuerpo “civilizado”, discreto y, sobre todo, inodoro en la búsqueda de su negación del olor natural. Esta privatización y negación del olor corporal creó un nuevo estándar: el “silencio olfativo” del burgués se erigió como la norma contra la cual todo otro olor sería juzgado como transgresor, vulgar o peligroso. Michael Stoddart Observa que, aunque los seres humanos disfrutamos enormemente de los aromas de la naturaleza, como el de un jardín o un buen vino, sentimos un profundo rechazo o vergüenza por los olores naturales de nuestros semejantes. Para Stoddart, es paradójico que seamos la especie con más glándulas secretoras de olor, por lo que nos llama “el simio perfumado” y que, al mismo tiempo, nos hayamos convertido en “el simio desodorizado” debido a nuestros esfuerzos por eliminar cualquier rastro de aroma corporal.
Caso de Racismo Olfativo: La lógica clasificatoria del olfato no se detuvo en la clase; fue un instrumento crucial para la construcción racial moderna. Como analiza Andrew Kettler, el “sujeto africano fue definido como objeto oloroso”. Naturalistas y viajeros del siglo XVIII, como el Conde de Buffon, elaboraron taxonomías racistas donde atribuían olores corporales específicos e insoportables a los pueblos africanos, describiendo una jerarquía de fetidez que justificaba la esclavitud y la exclusión. Este “olfato imperial” proyectaba sobre el otro un estigma sensorial que lo marcaba como incapaz de acceder a la modernidad y la limpieza, conceptos que el propio occidente definía. El mecanismo es revelador: el prejuicio antecede y moldea la percepción. No es que ciertos grupos “huelan mal” de forma objetiva; es que una sociedad aprende a asociar el olor de ciertos cuerpos; los de las minorías racializadas, los pobres, los marginales con una idea preexistente de inferioridad o amenaza, utilizando la supuesta evidencia inmediata del olfato para naturalizar una desigualdad culturalmente construida.
El poder no solo se ejerce mediante leyes o violencia, sino a través de lo que la antropóloga Constance Classen llama “cosmologías olfativas”: sistemas de significado que organizan el mundo a partir de aromas. Un “código osmótico” establece pares de oposición binaria (limpio/sucio, civilizado/salvaje, divino/demoníaco) y los vincula a grupos sociales. Este código se internaliza de manera tan profunda que la reacción visceral (el asco, la aversión, la atracción) parece innata, no aprendida. Así, el olfato actúa como un dispositivo de control social de baja intensidad pero alta eficacia: nos gobierna indicándonos, de manera casi inconsciente, de quién acercarnos y de quién alejarnos, qué espacios son “para nosotros” y cuáles no, qué cuerpos son dignos y cuáles repulsivos. La identidad, entonces, se perfuma y se desodoriza en un acto constante de adhesión a un código invisible.